Hay estaba, dispuesto a seguir siendo parte de la batalla diaria, cansado, gastado y con cicatrices de viejas guerras ganadas. Ese día su pareja, el amigo incondicional, su hermano gemelo estaba extraviado. ¿Había encontrado un nuevo rumbo la noche anterior? o simplemente, ¿se la había olvidado donde quedaba su casa?, pensó su hermano, el cual estaba en el lugar y hora de siempre.
Esa mañana, el despertador no sonó, la causa era un apagón en las horas de la madrugada que descontroló el artefacto y mantuvo la ciudad un par de horas en zozobra. La cita era a las 8:00 de la mañana, ya eran las 8:30 y aquel sujeto no se despertaba, las ventanas de donde dormía aquel ente, estaban abiertas y el cuarto se tornó algo frio y fresco. De repente, se escuchó a lo lejos un teléfono móvil, un sonido estrambótico y parrandero rompió aquel silencio matutino; esa algarabía, levanto de golpe al desorientado soñador, que de un solo brinco se puso en pie y alerta para buscar aquel intruso y ruidoso ladrón de sueños tranquilos. -Aló, eeerda no joda ¿acaso que horas son?- con sorpresa, se escuchó un grito anunciando lo alborotado y extenso que sería ese día lluvioso de agosto.
Sus gritos desgarradores fueron opacados por las paredes, las mandíbulas lo apretaban cada vez más fuerte, los colmillos destrozaban su piel y dejaban al descubierto sus entrañas, parecía el fin de sus días de gloria, y lo peor era que no había alcanzado a despedirse de su hermano. Secuestrado desde la noche anterior, por quien ellos llamaban el desgarrador, estaba el hermano perdido entre pedazos y rastros de lo que anteriormente solían ser zapatos. Aquel cruel y salvaje animal que odiaban desde que llegaron a la casa, era una criatura de unos 60 centímetros de altura, con espalda ancha, patas levemente torcidas hacia adentro, orejas puntudas y cola recortada; su cara plancheta, con sus dientes inferiores por fuera de su hocico, y unos ojos candela, lo convertían en toda una maquina para desgarrar.
¡Ya no alcanzo a bañarme!, refunfuñaba en medio del desorden de la habitación, -¿Dónde están mis pantalonetas?- parecía un loco hablando solo, votando todo para el techo, revolcó los cajones en donde guardaba su ropa limpia, también lo hizo en el cuarto de ropa sucia, entre la lavadora, debajo de la cama y no encontraba su uniforme de futbol, con el que ya se había coronado campeón un par de veces en el torneo local del barrio, era una carrera contra el tiempo en la cual llevaba desventaja, -eh por fin, anda casi que no!-, hallo sus pantalonetas que estaban detrás del sofá de la sala y junto con ellas estaba uno de sus guayos, -eeerda, ahora que? donde estará el otro-, los rastros de cordones rotos le condujeron la mirada hacia la cocina. -¡eejh!, donde ese perro marica se halla tirado otro de mis zapatos, ¡es que lo levanto!-, dijo mientras caminaba hacia donde los indicios confirmarían sus sospechas.
Ya era un hecho, esa dulce y suave seda que lo mantenía atado al mundo al que pertenecía, no estaría más junto a él. Ver como se extendían sus extremos, entrelazándose en el cielo, formando una trenza simple, de una sola vuelta, de un solo paso, en un pequeño instante, y volviendo a caer con furia y frenesí sobre él, amarrándolo, sujetándolo en forme de abrazo celestial, como si jamás lo fuese a soltar, admirar sus envolventes alas de hada, esas alas en forma de oreja de conejo, gigantescas y a la vez tan delicadas formando figuras extrañas, geométricas, abstractas para darle forma a un nudo que parecía jamás desvanecerse, además que con su danzar fortalecían su espíritu de grandeza y lucha, sentir que entre una y mil vueltas entre ellas, entre el ir y venir, entre cruses de izquierda a derecha, era como estar en el mar, donde las olas te arrullan y adormecen un una tranquila noche llena de estrellas, formando constelaciones imaginarias, saber que ese sentimiento, se convertiría en solo recuerdos, en pasado que no volvería a ser, por que aquel destructor de castillos de arena había hecho todo trizas, incluso su espíritu.
Un estruendoso empujón, dejo de par en par la puerta de la cocina, casi que se sintió derrumbar el muro en el cual se encontraba sujetada, -¡perro pulgoso, quítate de hay!-, la furia y el odio lo envolvieron en forma de aura resplandeciente, sentía como la sangre le hervía y su jugo gástrico se convertía en acido derritiéndole las entrañas, la rabia lo había convertido en un ser de otra dimensión. De un solo golpe, una sola patada con todo el sentimiento que sentía en ese instante, quito al perro de encima de su otro guayo mordisqueado y lleno de babaza inmunda y pútrida, aquel desdichado animal voló por los aires suspendido en la atmosfera que se congeló en ese instante de tiempo, llegando hasta el otro extremo de la cocina y bruscamente recibido por la pared, la cual lo paró instantáneamente y lo rebotó contra el suelo, una experiencia que jamás olvidaría, y entre alaridos y chillidos se escondió detrás de la nevera. Agarró el guayo y junto a su hermano, los llevo entre la maleta de mano, al juego próximo por efectuarse, y a pesar de que este ya había empezado, quería llegar antes del segundo tiempo, y entre trancazos y afanes de una sola carrera dejó el apartamento. En el camino, compró un nuevo par de cordones y se los puso a sus queridos guayos, los cuales lucían casi como nuevos.
